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La decisión de la Reserva Federal de no ajustar los tipos de interés está respaldada por las cifras macroeconómicas actuales. Mientras que la inflación de EE. UU. para el mes de mayo subió con fuerza hasta el 4,2 %, la inflación subyacente, que excluye los alimentos y la energía por la volatilidad de sus precios, fue significativamente menor, del 2,9 %.
Además, el mercado laboral estadounidense muestra un equilibrio saludable; el desempleo se situó en el 4,3 % en mayo. Este porcentaje indica que, si bien la economía de EE. UU. está estable, no se está sobrecalentando hasta el punto de hacer necesaria una intervención inmediata con tipos de interés más altos. Por lo tanto, el banco central ha optado por esperar a ver primero los efectos de las últimas subidas.
Aunque la decisión no ha sido una sorpresa, los inversores y economistas esperaban con gran interés el debut del recién nombrado presidente de la Fed, Kevin Warsh. Los analistas calificaron de inmediato su tono durante la rueda de prensa como estricto. Warsh enfatizó que los mercados financieros deben basar sus expectativas en datos económicos reales y sólidos, en lugar de especular con una flexibilización de las medidas.
Esta señal se vio reforzada por el gráfico en el que los miembros de la Fed comparten sus expectativas individuales sobre los tipos de interés. Este mostró que la mitad de los responsables políticos, 9 de 18, consideran que una subida de tipos en 2026 sería adecuada para frenar la inflación persistente. Debido al temor de una posible subida de tipos este año, los mercados reaccionaron con nerviosismo anoche: Wall Street cayó y entró en números rojos, mientras que el dólar estadounidense y el rendimiento de los bonos del Estado subieron.
La política de Estados Unidos contrasta con las medidas que se están tomando a este lado del océano. El Banco Central Europeo (BCE) decidió ajustar los tipos de interés en su última reunión, y elevó la tasa de interés de la facilidad de depósito del 2 % al 2,25 %.
Esta diferencia se explica con las fases económicas en las que se encuentran ambas regiones. El banco central de EE. UU. ya ha acumulado tipos de interés más altos en el pasado, lo que le permite adoptar una postura de espera. El BCE, en cambio, se enfrenta a una dinámica diferente por la presión inflacionaria europea, lo que obliga a los responsables políticos europeos a seguir subiendo los tipos de interés de forma gradual para llevar la inflación hacia el objetivo del 2 %.
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